(...)
Desde la lejanía, Olan observaba la enorme e imponente silueta de su
padre bañada por la luna. Bajo la brillante luz, resplandecía como un
dios.
Las historias sobre su padre
contaban que los dioses le habían concedido un don para conquistar y gobernar.
Pero él sabía que su padre, apodado “El
águila de sangre”, podía incluso
negociar con los dioses.
Había conquistado a las mismísimas Valquirias con sus
proezas en batalla, y ellas lo protegían y reservaban para él, un lugar digno de
un zar en el Valhalla.
Diestro en la batalla, hábil en la estrategia y curtido por las fuertes
olas de su existencia. Su padre era sin lugar a dudas, el rey más venerado y admirado que las tierras del norte jamás
habían tenido.
Los cuatro clanes que los rodeaban lo reverenciaban y aceptaban
de buen grado su justo designio. Su reinado había sembrado paz y serenidad sobre todo el territorio,
dejando atrás las guerras y la penuria.
Harek Loodrack era todo aquello que un buen rey debia ser.
(Fragmento capítulo 2) "Conciendo al rey"
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