sábado, 31 de diciembre de 2016

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¡¡Un abrazo muy grande!!

A.V.Cardenet
@Angie.v.cardenet

sábado, 26 de noviembre de 2016

PRELUDIO DE UNA PASIÓN SECRETA... (Fragmento)


(...)

—Mírame —musitó Olan con voz suave, poniendo un dedo bajo la barbilla de ella—. Estoy aquí, mujer… Contigo. 
Ammie sonrió y sus hermosos ojos color cian resplandecieron bajo la luz del fuego tratando de decir lo que sus labios no podían.
 —Estoy aquí y no pienso volver a irme… —continuó y las férreas garras del lobo estrecharon el lazo alrededor de la cintura de ella para hacer que el espacio entre sus cuerpos desapareciera.
De nuevo, Ammie percibió su delicioso aliento a miel y el embriagador aroma almizclado que desprendía su piel mezclado con el calor de sus cuerpos. Una combinación que le colapsó los sentidos y la abandonó entre los brazos de aquel hombre.
Estaba a su merced.
Cazada y entre las fauces del lobo. Sin embargo, aun cuando hubiera tenido la opción de huir; no lo hubiera hecho. Prefería estar allí, sumergida en aquel mar, entre sus brazos y con el vaivén de los latidos golpeándole las palmas como olas.
—Quédate… —susurró él, dejando caer la mano a lo largo de la espalda de ella. Un extenso recorrido que hizo que las piernas de Ammie flaquearan, y la cordura se desvaneciera con aquella caricia. Se llevó consigo la desconfianza para dejar gratificantes escalofríos en su lugar.
Ammie estaba temblando, y no hacía frío. 
¿Cómo lo hacía?, se preguntó cuando la mano de Olan le acarició la mejilla y sus rostros se quedaron a una escasa distancia el uno del otro. ¿Cómo…?
Sus alientos se entrelazaron e, instintivamente, Ammie cerró los ojos y entreabrió los labios para dejarse morder. Para que Olan tomara con libertad su boca y la calidez de aquellos labios la despojaran de los prejuicios. 
Y así lo hizo; sus besos la desnudaron. Eran cálidos, húmedos y se deslizaron entre sus alientos como los secretos: en silencio y con un pernicioso juego entre manos. La  lengua de Olan atrapó la suya con premura y exploró cada centímetro de su boca entre beso y beso, sediento del calor de aquel genuino contacto.
Hambriento de ella.
Sin embargo, un instante después, lo perdió y entreabrió los párpados de un suspiro al tiempo que una apacible sonrisa se dibujaba en el rostro de Olan. Un cautivador gesto que le rebotó en el corazón mientras entrelazaba las manos alrededor de su cuello y lo instaba a perder el control sobre aquellas sensaciones que apenas pendían de un hilo.
—Mía…—susurró él, entre mordisco y beso, y ella flaqueó.
Olan sintió cómo Ammie se estremecía entre sus brazos y la sostuvo con más fuerza, sin dejar de besarla, en un fútil intento de convertirse en uno. De fundirse en ella mientras aquellos sedientos besos se tornaban cada vez más exigentes y abrasadores, y aquel contacto más sublime y arrebatador. 
Alzó su pequeño cuerpo por los muslos y ella entrelazó instintivamente las piernas alrededor de su cintura, dejando expuesta parte de su blanca y deliciosa piel. Necesitaba sentirla aún más cerca. 
Piel contra piel. Un contacto que les robo el aliento y, como si tratara de recupera el aire, Ammie dejó de besarlo.
¡Olan quiso gruñir!
Ambos se miraron extasiados por el ansia, sin embargo, Olan quiso maldecir al contemplar la desdeñable sombra de la duda nublando el enigmático color ámbar de los ojos Ammie. Sus labios estaban enrojecidos por la pasión de sus besos y su menudo cuerpo le palpitaba entre las palmas, aun así, estaba recapacitando.
Pero si quería escapar de él; aquel era el momento, pensó.
Un solo roce más, y estaría perdida.
La devoraría…

(...)



(Fragmento Capitulo 6  "El corazón del lobo negro")
Autora:
A.V.CARDENET 
  
 
 



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martes, 22 de noviembre de 2016

UN MINUTO MÁS... * A.V.CARDENET *

Recuerdo el momento exacto que planté cara a mi peor enemigo.
El  instante en el que todo cambió y decidí darme la oportunidad de luchar sin dejar que la turbación ganara el pulso.

Pero, ¿qué es el miedo? me pregunté.

Solo un minuto...

El coraje es el miedo sostenido en el cielo de nuestro pecho durante un minuto más.

Solo uno y todo cambia y el pesar se esfuma.

Sin duda era un salto libre desde los pies del abismo ya que desconocía todas y cada una de las estrategias de aquella batalla.

¿Pero quién las conoce?

No podemos esperar que el amor elija el camino fácil. A él le gustan los atajos y las temeridades. Andar a oscuras y descalzo con el acecho de las sombras bajo los pies.

Busca la noche como los lobos buscan la luna. Hambriento de la pasión que subyace de las estrellas cuando se reflejan en los ojos de los amantes. Libres y exhaustos tras confesar al cielo nocturno beso a beso que el amor no es una condición.

Sino un estado.

Pura ingravidez que sube desde el estomago y te deja tocar el cielo con las puntas de los dedos. Un estado que no permite censuras ni prohibiciones y es capaz de revivir los colores que la tristeza apaga.

Mariposas, dicen...

¿Qué no haríamos por sentirlo aunque solo fuese por un minuto?

El mundo se queda pequeño para nuestros pasos. El mar se vacía, las montañas desaparecen y la arena del desierto se desvanece con tal de llegar hasta él. 

Adiós a las fronteras.

Aun cuando alcanzar el horizonte provoque heridas irreparables, cada cicatriz habrá sido un regalo si sostengo el miedo un minuto más...

Y tras la valentía de ser fiel a mi mismo encuentro tu sonrisa.

Tus besos.

Tu corazón...



A.V.Cardenet 

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Dedicado a todos los valientes que plantaron cara al miedo y tocaron el cielo con las puntas de los dedos tras conseguir sus sueños.

Gracias por estar ahí y leerme <3
Mil besos.




"Cada día menos perfecta, más humana, más feliz"

jueves, 9 de junio de 2016

LA ROSA DE LOS VIENTOS *PRIMER CAPÍTULO*



1
La indómita libertad


Gran Bretaña, 15 septiembre 1756.

James sintió cómo todo su cuerpo se derrumbaba bajo la presión de los guardias. Lo arrodillaron y le obligaron a bajar la cabeza. Una oleada de impotencia lo consumió por dentro y apretó los puños con rabia. Los ceñidos grilletes que le apresaban los tobillos y las manos, le provocaron un hormigueo en las palmas de las manos por la falta de sangre.
Alzó la mirada para comprobar que estaba en la opulenta sala de un palacio en Gales. Había sido capturado por un galeón inglés a traición, y desprendido de todas sus pertenencias, incluido su precioso barco: el Royal Rover.
—Capitán James William Roberts, me alegra volver a verlo —dijo el recién llegado mientras sus pasos retumbaban sobre el mármol del suelo.
 Al reconocer el timbre de voz, James se tensionó y le chirrió hasta la mandíbula.
El duque de Beaufort; Henry Somerset.
—Debí imaginarlo. —Bufó—. Solo un cobarde a traición me atraparía...
—¡Cierto! Jugué con mis peores bazas —confesó, deteniéndose frente a él—. Pero aquí está, a mi merced, y encadenado como un perro. —Una carcajada triunfal le rebotó en los oídos—. No pretendería salir airoso después de hundir dos galeones ingleses, asaltado más de ochenta buques y robado al mismísimo rey, ¿verdad?
—Púdrete, Somerset.
Escupió al suelo y desvió la mirada.
—Tengo curiosidad. ¿Por qué los hundió? Dentro de esos barcos había suficiente oro como para desaparecer de la faz de la tierra.
—Por el mero placer de molestar —contestó y una vara le golpeó en la cara.
James rio.
—Necesitará más que una fusta para doblegarme...
No terminó de hablar cuando una patada en las costillas le robó el aire de los pulmones.
—No, escoria indigna. Pero debo conservar su rostro impoluto.
James fulminó al duque con la mirada.
—¿Eso es todo? —balbuceó, petulante. 
—No me tiente, capitán —le advirtió y su voz siseó amenazante—. Gracias a sus proezas como pirata, podría entregarle su cabeza al rey hoy mismo. ¡Nada menos después de todas las fechorías!
—¿Y qué le impide hacerlo? —inquirió él—. Dejémonos de rodeos... ¿Qué quiere?
James lo instó a dejar las pomposas formalidades a un lado y hablar con propiedad.
—¿Cómo sabe que deseo algo?
—Si me quisiera muerto, ya me habría entregado al rey. —El duque retiró la mirada, evidenciando todas las sospechas—. Solo lo repetiré una vez más, ¿qué quiere?
—Es más inteligente y suspicaz de lo que me imaginaba —declaró—. Quiero hacer un trato.
James rio de nuevo.
—No.
Somerset hizo un gesto con la mano y los guardias lo alzaron, provocándole una punzada de dolor que le hizo gruñir. Su estancia en el calabozo había sido de todo menos grata y tenía el cuerpo lleno de golpes, cortes y cardenales.
—Dada su situación, capitán, no está en posición de rechazar una oferta como la mía. No cuando se encuentra tan cerca de pender de una soga.
—Qué ingenuo es al pensar que me da miedo la muerte...
El duque bufó y se recolocó la empolvada peluca.
—Quizá no le dé miedo la muerte, pero sí aprecia su vida —convino más sombrío—. Y la de sus hombres... —James lo fulminó con la mirada—. Haga un pacto conmigo y recuperará sus bienes más preciados.
—¿Acaso tengo otra opción?
—Sí, capitán. Tiene dos opciones; hacer un pacto conmigo y obtener grandes beneficios, o rechazarlo y aceptar una muerte larga y dolorosa en manos del verdugo del rey. No obstante, un hombre inteligente abogaría por la primera sin pestañear siquiera. —Sus miradas se toparon antes de continuar—. Le estoy ofreciendo la oportunidad de burlar a la muerte.
—Negociando con el diablo… —añadió James.
—Llámelo como quiera. Pero si se niega, irá directo a verlo. —La voz de Somerset jugaba mordazmente con la ironía—.Y créame cuando le digo que ya está esperándole en el infierno.
James permaneció en silencio, sumido en sus cavilaciones. Estaba a punto de pactar su sentencia de muerte y era muy consciente de las consecuencias que sufriría. Pero si accedía tendría una opción de escapar y postergar el peor de los desenlaces.
La horca.
—Hábleme del trato —accedió al fin.
—¡Magnífico! Ya veo que además de una gran bocaza, tiene instinto de supervivencia. —James se mordió la lengua para no enviarlo al infierno y echarlo todo a perder—. ¿Ha oído hablar del Tesoro de Lima?
La pregunta lo puso en guardia. Pocos conocían la historia real de ese erario escondido.
—El tesoro de la isla de Coco tan solo es una leyenda —eludió, a sabiendas de la verdad—. Nadie lo ha encontrado jamás.
—Que nadie lo haya encontrado, no significa que no exista. Sabe tan bien como yo de su existencia. El problema es que nadie sabe por dónde comenzar a buscar.
—Por la satisfacción del tono de su voz adivino que ya sabe por dónde empezar, ¿me equivoco?
El duque asintió con pedantería.
—Después de años de búsqueda poseo la llave para llegar hasta él. Pero necesito la astucia de un lobo de mar. —Un dedo inquisitivo lo señaló—. Ayúdeme a encontrarlo y le devolveré sus privilegios.
—Ya sabe qué quiero a cambio.
El duque alzó una ceja ante el arrojo.
—¿Cree que está en condiciones de negociar?
—Sí —espetó James, tajante—. Si aún estoy vivo, es porque soy el único que puede hacerlo.
El duque estaba tan interesado como él en conseguir su objetivo, y negociar los términos de una liberación era lo mínimo que podía hacer. Somerset abrió el baúl de plata situado en el gran escritorio de roble que los separaba y extendió un pergamino frente a él.
—He aquí su libertad —dijo.
A medida que James leía su expresión se desencajaba. Ante él tenía la enmienda que siempre había ansiado. La declaración expresa de un privilegio inaudito para un pirata.
—Es una carta de corso refrendada por el mismísimo rey al que un día juró lealtad —dijo Somerset antes de volver a guardarla con pulcritud—. Cuando me entregue lo que deseo, será suya.
El sonido hueco de la tapa del baúl al cerrarse devolvió a James a la realidad.
—Aún no he terminado —refutó y Somerset se irguió, molesto—. Quiero la absolución de todos mis delitos.
Las influencias del duque le reportarían grandes beneficios a la negociación. La ambición de aquel hombre no tenía límite, ni precio. La traición y la manipulación eran un juego para él, y era evidente que posicionarse junto al caballo ganador, cuando el país estaba en plena guerra, era una proeza digna de un hombre astuto.
O quizá de un imprudente...
Mientras Prusia se dividía entre los Hohenzollern y el sacro imperio Germánico de los Habsburgo, sus aliados y enemigos confabulaban a favor del mejor postulante para ganar una guerra que duraría años.
Mientras los países se dividían y los intereses comerciales se desvanecían, hombres como Somerset buscaban un lugar privilegiado junto al mejor postor. Una posición adyacente al poder y a la influencia que le otorgaría una gran potestad sobre las Indias tras la posible constitución de un imperio colonial.
—Tendrá su indulto real —consintió a regañadientes— ¿Ya ha terminado?
—No. —Somerset se crispó aún más, para la enorme satisfacción de James—. Si quiere que lo haga será bajo mis propias normas, con mi tripulación y con mi barco.
—¡Ni hablar! El barco es mío. Necesito una garantía de su lealtad. Pero le proporcionaré un barco nuevo y la libertad de elegir a su propia tripulación.
—¿Tiene miedo a la traición?
—No me fío de ningún pirata. ¡Y menos con el apellido Roberts! —exclamó y lo miró—. Pero debe saber que si falla o me traiciona, su barco terminará hundido en medio del océano Atlántico...
El timbre de la voz del duque reafirmó la amenaza; si fallaba, el único legado de James se hundiría en las profundidades del mar, junto a los únicos recuerdos buenos que poseía de él: Bartholomew Roberts. Uno de los piratas más temidos del océano Atlántico. Un diestro lobo de mar que logró desestabilizar a la mismísima armada británica y declarar la guerra a los gobernadores de las islas de la Martinica y Barbados.
Todo un caballero y pirata; era elegante, autoritario, clemente y osado. Un hombre ejemplar que hizo historia. Pero James no era como él. El tiempo y las circunstancias se habían encargado de enterrar cualquier reminiscencia para convertirlo en un hombre carente de alma, despiadado y mordaz.
Sin embargo, aún conservaba algo bueno. Lo único que lo mantenía con ambos pies sobre la tierra, lejos de las llamas del abismo.
La modestia de ser un hombre de palabra.
Sin corazón, pero vivo.
Sin alma, pero con honor.
—¿Cómo podré encontrar el Tesoro de Lima? —preguntó James, exiliando los recuerdos de su difunto padre.
—¿Ha oído las historias sobre Margaret Kyteler?
James arrugó el ceño al oír el nombre.
—¿La bruja?
Somerset asintió.
—Margaret Kyteler, fue una de las brujas más antiguas y conocidas de Irlanda y del mundo. Se decía que era bonita, sofisticada y con una maravillosa capacidad de manipulación. Una mujer con suficiente poder como para asustar al mismísimo rey de Inglaterra —explicó—. Fue acusada de brujería en 1311, pero antes de cumplir su sentencia de muerte escapó del país y no se volvió a saber de ella.
—He escuchado sus historias. Pero ¿qué nexo la une con el tesoro?
—Como ya sabrá, el botín fue escondido por el pirata y capitán Edward Davis. —Al escuchar aquel nombre, James se llenó de repugnancia—. Escondió en la isla de Coco setecientos lingotes de oro, veinte barriles llenos de doblones de oro, y más de cien toneladas de reales de plata españoles. Una fortuna. Pero la parte más importante es que Dorothy Kyteler, nieta de Margaret Kyteler fue la que sepultó el Tesoro de Lima —reveló—. En un lugar, muy distinto, al que todos conocemos...
—No tiene sentido —inquirió él—. ¿Por qué motivo lo haría?
 —Por venganza, desesperación… ¡Quién sabe! Lo que sí sé es que hechizó la isla para esconderlo de los ojos indignos. Personas sin ningún lazo de consanguinidad con un Davis.
La tensión sobrecogió a James al recordar al viejo capitán. La simple mención de su nombre revivía oleadas de recuerdos llenos de furia y dolor. De la venganza pendiente. Y si su estirpe era la llave del tesoro, eso significaba solo una cosa.
 —Hay un descendiente de Davis vivo... —Las palabras le brotaron de los labios en un tono despiadado. Y aun cuando esperaba estar equivocado, le hirvió la sangre.
—Una descendiente —se apresuró a corregirlo—. Hemos pasado años buscando el camino que no llevaría tesoro, sin darnos cuenta de que el mapa; era una mujer. Hija de una de las muchas amantes de Edward Davis.
—Dorothy Kyteler —adivinó, al hilar ambas historias y encajar las piezas de aquel tétrico rompecabezas.
—¡Sobresaliente, capitán! —exclamó Somerset, satisfecho, antes de colocar ambos pies sobre la mesa. —Por lo que sabemos, Dorothy tuvo un idílico romance con el capitán Davis y de su unión nació una preciosa niña llamada Catherine Davis Kyteler. —James no salía de su asombro—. Pero la felicidad duró poco ya que después de nacer desapareció en manos de un desconocido, y hasta el día de hoy no se ha sabido nada. La buscó durante toda su vida y antes de su muerte, consumida por la pena y la rabia, sepultó el tesoro de Davis bajo un hechizo y lo culpó por su pérdida. —Se encogió de hombros—. Eso cuenta una de las cientos y cientos de historias sobre ella.
—Pero según esta, adivino que el tesoro es la recompensa para el hombre que le devuelva a su hija, ¿no es así?
—Esa es la hipótesis más viable, aunque nadie se puede fiar de las leyendas contadas por piratas. Según la dirección que tome el viento varían y se tergiversan en los labios del narrador. Lo único seguro es que ella es la llave —recalcó con fervor.
—¿Cómo sabe que la mujer me llevará hasta él?
La mirada del duque se oscureció y heló el aire en torno a ellos.
—Lo hará, o morirá —declaró con una frialdad sobrecogedora—. Ese será parte de su trabajo, capitán. Estoy seguro que persuadir a una dama no te resultará difícil… Y mucho menos si es joven y hermosa. —Ladeó el rostro de forma presuntuosa—. ¿Acepta?
Una media sonrisa se perfiló en los labios de James.
—Lo haré —accedió con arrogancia y una despiadada venganza personal pintada en los ojos—. Tengo demasiado que perder y aún más que ganar.
El duque chasqueó los dedos y los hombres liberaron a James de los grilletes.
—Tengo otra pregunta... —Se frotó las muñecas doloridas con una mueca dentada en el rostro.
—Adelante.
—¿Cómo se supone que voy a traer a un puerto inglés setecientos lingotes de oro, veinte barriles llenos de doblones de oro y más de cien toneladas de reales de plata españoles?
—¡Quédeselos! Escóndalos por el mundo o desperdícielo en bebida y mujeres. No los quiero. El oro, la plata y las joyas no me importan —dijo—. Será su recompensa si logra llegar a la isla.
—Entonces, ¿qué es lo que quiere?
La comisura de los afilados labios del duque se curvó.
—En la isla hay algo que es mío. Lo encontrará en la cueva, dentro de un cofre de oro con epigrafías en una lengua antigua —explicó—. Un joyero no más grande que la mano de un hombre. —Abrió una palma como si pudiera verlo—. Tráigamelo, y le devolveré su barco y le brindaré los privilegios de un rey en el mar.
Si las únicas opciones viables de James eran encontrar el tesoro de Lima o morir, moriría luchando en alta mar.
—¿Dónde puedo encontrar a la mujer?
El duque rebuscó en su escritorio y le entregó un sobre lacrado. Lo abrió y revisó la tarjeta con ávido interés. Estaba escrita con una sofisticada letra dorada, sobre papel perfumado color marfil. Era una invitación expresa de la familia Baker a uno de los excéntricos bailes de las altas esferas de Gales.
—Catherine Eloane Baker. La hija adoptada del aristócrata Thomas Baker. —Se detuvo, petulante—. Aunque ella no lo sabe aún... En dos días, su hermana Josefine, celebrará su presentación en sociedad y será la oportunidad perfecta para que entre en acción —explicó—. Use la elegancia que le legó su padre para conseguir el mapa a la libertad.
—¿Cómo podré reconocerla entre los invitados?
—Catherine brilla con luz propia; es bonita, sofisticada y con una maravillosa capacidad de manipulación. —Se detuvo para rascarse la barbilla—. Creo que eso último, lo heredó de su padre. —El duque, inmerso en sus cavilaciones, volvió a ladear la cabeza antes de hablar—, La reconocerá por su extraordinaria belleza y por tener los ojos más oscuros que jamás haya visto. Una mujer magnífica e irresistible, pero inalcanzable para todo hombre.
—Todo un reto. —James esbozó una suspicaz sonrisa cargada de perversidad— ¿Algo más que deba saber?
—No, capitán. Disfrute del viaje. Su barco le espera en el puerto de Aberystwyth.

****

La noche ya caía sobre la ciudad cuando James alcanzó la taberna de Barry el cojo. Las calles estaban tan oscuras como la cueva de un lobo, y el espeso olor a putrefacción le inundó la nariz. Entró a la cantina y escrutó a todos los presentes, tratando de localizar al único hombre que necesitaba; Benjamin Ludwig.
No tardó mucho en reconocer la demacrada y ebria imagen de su contramaestre. Bebía y cantaba como una cuba, sentado en una de las mesas del rincón. Tenía la nariz y las orejas rojas a causa del exceso de alcohol y ojeras por la falta de sueño, pero no soltaba la jarra de whisky añejo.
No era muy alto, superaba la cuarentena y le faltaban algunos dientes. Pero era el hombre más fiel de la tripulación. Durante años sirvió a su padre, Bartholomew Roberts, y con el tiempo a él, con la misma honorabilidad.
—Deberías dejar de beber, Benjamin.
El contramaestre abrió los ojos somnolientos, y sorprendido, desvió la mirada del rostro de James a su jarra. Confundido, lo hizo varias veces antes de hablar:
—Por todos los santos… ¿Es un fantasma?
Suspirando, James le apartó el whisky.
—No. Aún no puedes ver a los muertos —le confirmó—. Te quedan muchos años de vida para eso. Soy de carne y hueso.
—¡Está vivo! Pero… ¿Cómo? ¿Hizo un pacto con el diablo como hizo Barbanegra?
—Algo parecido, hice un trato con el duque de Beaufort.
—¡Bastardo canalla y cobarde! Sabandija…
—Shiiisssst. —James miró a su alrededor para comprobar que nadie los escuchaba—. Hice un trato a cambio de mi libertad.
—¿Y el trato incluía alguna cláusula de tortura? —espetó irónico, mirándolo de los pies a la cabeza—. ¿Qué le ha pasado, capitán?
—Mi cautiverio no fue precisamente una estancia placentera. —Se encogió de hombros; al menos ahora era libre—. Pero eso no es lo importante. ¡Céntrate, Ben!
—Debería curarse esas heridas —insistió con voz gangosa.
—Lo haré. Pero necesito que reúnas a la tripulación.
Benjamin negó con la cabeza.
—Muchos ya se han ido, otros tantos murieron en la emboscada del cerdo de Somerset, y los pocos que quedan están borrachos.
Al oírlo, James arqueó una ceja con incredulidad y Benjamin se irguió.
—Sí, tal y como estoy yo; felizmente borracho.
—Pues despéjate y consigue una tripulación para mañana al amanecer. —Le ordenó.
— Capitán, ¿para qué quiere una tripulación si no tenemos un barco?
—Hay un navío listo para zarpar amarrado en el puerto de Aberystwyth.
Al oírlo, Ben dio un brinco y volcó su jarra.
—¡Tenía que haber empezado por ahí! —exclamó—. ¿Ha recuperado el Royal Rover?
—No. Mi barco sigue en manos del duque hasta que cumpla con mi parte del trato.
Benjamin golpeó la mesa y maldijo de nuevo.
—Hábleme del trato, capitán. ¿Qué se supone que debemos hacer?
James esbozó una media sonrisa antes de desvelar su objetivo.
—Buscar el Tesoro de Lima.
La cara de Benjamin se desencajó.
—Cielo santo, capitán. ¡Son solo leyendas! ¿Cómo voy a convencer a la tripulación con tales patrañas?
—Solo tienes que decirles que el botín supera los veinte barriles de doblones de oro, joyas y lingotes...
El contramaestre volvió a abrir los ojos y la boca. Parecía tan sorprendido como un pez fuera del agua.
—Hola, capitán —susurró una melosa voz femenina—. Cuánto tiempo…
Brigitte, se dijo.
La preciosa mujer de cabellos rojos como el fuego se sentó en las piernas de James y entrelazó los brazos alrededor de su cuello. Llevaba un vestido verde con bordados negros y sus pechos sobresalían del corpiño de forma sugerente a la altura de los ojos de él.
—Demasiado tiempo… —susurró James con voz profunda. A través de la liviana tela del vestido, podía sentir manar el calor de la piel de Brigitte. Una reconfortante y fútil sensación calidez que lo instigó a caer. Hondo y muy lejos de allí—. ¿Qué has estado haciendo durante mi ausencia, mujer?
Una perspicaz sonrisa se dibujó en el pecoso rostro de ella, evidenciando todas las maldades que se escondían tras aquellos traviesos labios.
—¿Me ha echado de menos, capitán?
—Siempre se echa de menos la compañía de una mujer... —Ella le mordisqueó el mentón de forma tentadora.
—¡Brigitte! —interrumpió Benjamin haciendo un aspaviento—. Estamos hablando de negocios. ¡Márchate!
—Ya está todo hablado, Ben —concluyó James—. Reúne a la tripulación para mañana a mediodía. Buenas noches.
La alzó en volandas y hundió la cara en el cuello de la mujer. Brigitte profirió un sonoro gritito de placer. Necesitaba descansar, pero antes de hacerlo, disfrutaría del agradable sabor de la carne femenina.
Subieron a la parte más alta de la taberna y entraron a una habitación. Era pequeña, pero acogedora. Estaba iluminada por la tenue luz de las velas y el cálido aroma a madera entumecía el ambiente.
En el rincón de la habitación una bañera con agua caliente.
—La he hecho preparar para ti. —La orgullosa sonrisa de la mujer se ensanchó.
Brigitte se acercó a él y comenzó a desabrocharle la camisa con delicadeza. Sus traviesos ojos no se apartaron de los de él, en ningún momento. Lo tentaba con cada movimiento, con cada roce de sus dedos. Le abrió la camisa y le arañó el pecho antes de morderle el cuello hasta hacerle sisear de placer.
—¿Cuánto me ha echado de menos, capitán? —El fuerte perfume a pachuli de Brigitte le inundó la nariz y quiso más.
Incapaz de controlar su voracidad, James acorraló a la mujer contra su pecho y la pared. De un tirón le desabrochó la parte alta del corpiño y hundió la cara en sus pechos. Dejó que ella lo desprendiera de la casaca y le desabrochara la camisa mientras se daba un banquete con su cuerpo. Ronroneaba como un gato bajo el contacto de su lengua, pero ninguno de los dos se contuvo.
Entre gemidos, las osadas manos de Brigitte se abrieron paso dentro de sus pantalones y aquel temerario gesto, le arrancó un vasto gruñido que le estranguló las palabras en el paladar.
—Quiero más. —Reclamó, y el tono de voz rozó la exigencia de una orden.
James la cogió por los muslos y la desparramó en la cama. Necesitaba hundirse en ella y olvidar todo lo ocurrido. Una pueril evasión que todo pirata necesitaba tras un largo viaje en alta mar.
Brigitte se mordió el labio y abrió las piernas.
—Soy suya, capitán.
Consumido por una devastadora necesidad carnal, le subió la falda hasta las caderas, le destapó los muslos, y como un animal sediento de lujuria, la penetró. La delicadeza de las palabras se perdió entre los salvajes arañazos de la mujer y los gruñidos de James. La necesidad de poseer la sabrosa carne femenina lo envolvió en un manto de indiferencia que despertó los instintos más primarios en él. 
Eso era lo único que lograba obtener de una mujer; placer.
Una más, de entre tantas mujeres que saciaban su sed carnal ansiosas de algo que él ya no poseía: corazón. Hermosas mujeres que amparaban su soledad de forma temporal bajo el regazo del impávido sexo.
James tenía las piernas de la mujer entrelazadas en su espalda mientras la poseía de forma salvaje. Con cada acometida se sumergía más en las cálidas oleadas del éxtasis. Los gemidos lo amortajaban y lo confinaban en un lugar muy estrecho, mientras la susurrante voz de Brigitte lo incitaba a caer más hondo.
—Bésame —susurró.
James hizo caso omiso a sus palabras, y continuó el asalto sin miramientos. Había aprendido a satisfacer las necesidades del presente, viviendo en las tinieblas de su propio confinamiento. Aun cuando desease salir del destierro, se negaba. Prefería vivir como un depredador en las sombras.
Siempre al acecho.
La embistió con ímpetu, poseído por un hambre insaciable, hasta que sintió un fuerte tirón del pelo. Gruñó tras el agarre pero no se detuvo y la obligó a complacerlo. Brigitte era caprichosa e irreverente, algo que avivaba la parte más brutal de James.
—James... —Al oír el tono suplicante de la voz de Brigitte, la miró.
Llegados a ese punto, ambos sudaban y jadeaban como animales en celo. Sus cuerpos ondeaban igual que las olas, uno sobre el otro, mientras las palabras se entrecortaban en unos paladares sedientos de mucho más.
—¿Tan difícil es, capitán...? —Arrulló ella.
—¿Qué quieres, mujer?
Le acarició el mentón y él ralentizó el ritmo.
—Bésame.
Los ojos de James se oscurecieron y sus músculos se tensaron.
—No.
La cara de Brigitte adquirió un intensó tono carmesí por la rabia y lo empujó para salir de debajo de él. James la retuvo y volvió a penetrarla, amenazante, en sus ojos brillaba la advertencia y su parte más oscura.
Aquella que todos temían.
Si alimentas a las bestias, debes atenerte a las consecuencias, se dijo.
Un fuerte mordisco le obligó a maldecir y la agarró con más fuerza. Furibundo y excitado, James luchó contra sus instintos para detenerse pero luchaba contra un imposible.
Solo lo frenó un sonido.
  Un gemido que se coló bajo la piel de James y caló en la parte más profunda de su alma. Recordándole el instante que le arrebataron lo único que poseía bajo un mar en plena tempestad.
Al mirar el rostro de Brigitte y ver sus ojos empañados en lágrimas, despertó. Una vez más, había vuelto a caer en el gélido páramo de la impasibilidad y la barbarie. Brigitte estaba asustada. Se había convertido en la presa del cazador. Él. Pudo percibir el pulso acelerado, el miedo acompañado del temblor y la clemencia implícita en su mirada.
Una misericordia que nunca nadie le concedió tras sus fallos.
Regañándose a sí mismo, James la liberó del peso de su cuerpo y Brigitte se apartó sujetándose el corpiño. Debía huir, era la opción más recomendable, pero se mantuvo allí, muy cerca.
—No soy suficiente mujer para ti, ¿verdad? —susurró con un hilo de voz.
James suspiró.
—Eres suficiente mujer para cualquier hombre… —contestó, con la mirada perdida y la voz hueca.
—Pero no para ti.
—Pero no para mí —repitió él.
La bofetada hizo que le castañearan los dientes y el golpe le calentó la piel. Al instante, la cólera le bajo por los hombros como lava y le cosquilleó en las puntas de los dedos.
Quiso cometer una locura y maldijo a todos los santos existentes por sentir aquel impulso. No podía. Ella no tenía la culpa de los fantasmas que lo acechaban.
—¡Fuera! —bramó James de un rugido y apretó la mandíbula mientras la mujer desaparecía de su vista.
Él no se movió, se quedó mirando el suelo, en silencio, pensando a gritos.  
—¿En qué me estoy convirtiendo? —Se preguntó.
Durante años había quebrantado todas y cada una de las leyes del hombre. Había cometido actos terribles como hombre y como pirata, hasta destruir todos sus principios para convertirse en un monstruo. Los pecados eran tan atroces, que las garantías de un lugar privilegiado en el infierno lo amparaban.
No tenía salvación.
Demasiada sangre, se recordó.

****

Un rayo de sol se coló a través de las finas cortinas e iluminó la habitación. James abrió los ojos y la relajante luz le recordó la razón de su libertad.
Se desperezó y miró a su alrededor, pero solo lo acompañaban el silencio y el refrescante ruido del ajetreo de la ciudad.
Sin dilación, se levantó y fue a la cómoda donde tenía ropa limpia y comida.  Metiéndose en la boca uno de los panes de centeno, se puso la casaca, el cravat y se encaminó al puerto.
Ya estarían esperándole en el muelle, pensó.
No tardó mucho en llegar a su destino y nada más bajar del carruaje escuchó la voz de Benjamin:
—¡Capitán, le estábamos esperando!
—¿Hiciste lo que te pedí?
—Sí, saqué a los mejores marineros disponibles de las tabernas.
James alzó una ceja.
—¿Estás seguro de que saliendo de las tabernas, son los mejores?
—Bueno, es lo mejor que he podido encontrar —aclaró—. Tenga en cuenta que un día es muy poco tiempo —añadió en su defensa—. Además, he recuperado a parte de la tripulación veterana.
—Bien hecho.
Se detuvo al ver un gran buque bergantín amarrado en el extremo sur del puerto.
—¿Es este? —preguntó James, incrédulo.
—¡Es un barco magnífico, capitán!
—Nada comparado con el Royal Rover.
—Lo sé. ¡Pero es mejor que una barca y un loro! —espetó con agilidad—. Confiese que podría haber sido mucho peor.
James resopló al ver el nombre del buque: Dear Liberty.
—¿Querida libertad? —leyó.
No sabía que el duque tuviera sentido del humor, capitán.
—Todo un descubrimiento... —expresó James para sí mismo.
Subió al gran buque bergantín y se sorprendió al comprobar que tenía una eslora de unos treinta y cinco metros de largo. El velamen era mayor en comparación con el casco, y el aparejo estaba nuevo e impecable. Listo para zarpar. Bajó a la Santa Ana y para su satisfacción, James contó dieciocho cañones de veinticuatro libras y cuatro carronadas ajustables.
Era más pequeño que el Royal Rover, pero estaba mejor armado.
Entró en el camarote designado para el capitán y se detuvo ante la ostentosidad del lugar. Era amplio, elegante y confortable, pero nunca sería su barco.
El alma de James residía en el Royal Rover, y allí moriría junto a su padre.
Se detuvo delante de la pequeña librería y sonrió al comprobar que Somerset había hecho traer sus manuales de navegación y todos los cuadernos de exploración. Sobre el gran escritorio central habían dejado el cuaderno de bitácora del Dear Liberty, y un libro.
Al cogerlo, se le contrajeron las entrañas. Era la edición de Don Quijote de la Mancha que guardaba con recelo en el camarote del Royal Rover. Tenía un gran valor para él.
Entre las páginas centrales había una carta con el sello de Somerset que decía:


Salió del camarote y subió al castillo de popa donde estaba Benjamin. Se detuvo al lado del timón y observó con detenimiento a sus nuevos marineros en cubierta. Iban de un lado al otro ocupados con el avituallamiento del buque.
—¿Cuántos son?
—Cuarenta marineros en total. En su gran mayoría piratas.
—¡Capitán! —El grito desvió la atención de James.
En la proa del barco, agitaba las manos uno de los marineros más expertos y uno de los piratas más obstinados de su tripulación. Colton era alto, delgado y con aspecto de delincuente, pero un buen cañonero. Su puntería era capaz de alcanzar una hormiga al vuelo, sin embargo, el alcohol y el juego eran su debilidad.
—¡No me lo puedo creer! ¡Está vivo!
La alegría era más que evidente tras el trágico abordaje del Royal Rover.
—También me alegra verte, Colton. —Se saludaron con propiedad—. ¿Hay algún conocido más en el barco? ¿Qué fue del oficial de artillería Chris Della Rovere?
—Está vivo y a bordo. —Le confirmó—. Es el encargado del avituallamiento. Seguro que ahora mismo está disfrutando del olor a pólvora que desprende la Santa Bárbara —explicó Benjamin con entusiasmo—. También encontrará a McGwire, Williams, Sloan…
James se alegró de recuperar a parte de su tripulación. Sin ellos, el Tesoro de Lima se convertiría en polvo y arena.
Un objetivo fantasma.
—Capitán, ¿cuál es el siguiente paso? —preguntó Benjamin.
—Consígueme un traje, esta noche asistiremos a un...
Una voz lo interrumpió.
—¡Bastardo, ruin y despiadado!
Todos miraron en dirección al puerto y James puso la mano sobre su espada. Solo había un hombre que se tomaría la licencia de omitir los estamentos a la hora de dirigirse a un capitán. De hablarle de tú a tú, sin temer a las consecuencias.
Alexander, el segundo a bordo del Royal Rover, había vuelto.
—Parece que no soy el único que trata con la muerte…
Ambos desenfundaron las espadas del tahalí y se pusieron en guardia.
—El diablo me tiene aprecio —contestó James.
Benjamin cogió su pequeña petaca llena de ron y dio un largo sorbo mientras toda la tripulación se tensaba.
Antes de poder exhalar un suspiro, el ruido del choque de las espadas alertó a todo el puerto. La agilidad de ambos hombres era impactante, pero la destreza de James sobrepasaba cualquier límite. La espada era un medio de vida para él. Un modo de sobrevivir al mundo y a las atrocidades que lo acechaban. Rechazaba los estoques con una elegancia envidiable mientras mantenía el semblante imperturbable.
Con varios movimientos que hicieron sisear a la tripulación, James situó la espada sobre el cuello de su oponente. Con una patada precisa, puso de rodillas a Alexander, y vencido ante el filo de su espada, dejó caer la suya.
—Ya veo que sigues siendo igual de escurridizo que una anguila, James.
—Tratar con el diablo te proporciona vastos beneficios extras, Alex.
La tensión entre ellos era evidente, pero sin un motivo aparente, comenzaron a reír. Las carcajadas se contagiaron entre los marineros que se miraban entre sí, confundidos. Benjamin volvió a dar otro largo trago a la petaca de ron antes de hablar:
—Maravillosa entrada, Alexander. Digna de un rey.
Alzó el sombrero a modo de saludo.
 —Yo también os he echado de menos, bribones. —James le ofreció la mano y se abrazaron con ganas.
—Nunca lo hubiera dicho; pero me alegra verte vivo.
—Lo mismo digo, capitán. —Alexander se adecentó la casaca—. Dicen que vas tras el Tesoro de Lima, ¿es cierto?
—Si lo fuera, ¿vendrías?
—¿Qué? —Levantó una ceja—. Si tu pregunta es, si volvería a navegar por los mares del sur, pasar por terribles tormentas y deleitarme con el canto de las sirenas, mi respuesta es un . —Sacándose el sombrero hizo una profunda y teatral reverencia—. Cuenta conmigo, hermano.
Alexander era la mano derecha de James y el intendente en funciones. Rubio, de ojos color arena y constitución esbelta, era más ancho que muchos hombres; pero no más alto que él. Poseía un sentido del humor ácido y solía evadir la inquietud con sarcasmo. Un hombre impulsivo, con ideas revolucionarias, despiadado, pero con corazón.
Algo que James daba por perdido.
 Las cualidades humanas de Alex iban más allá de las lamentaciones de un hombre que no tenía nada más que su cabeza y la astucia para sobrevivir. Un guerrero que juraba fidelidad bajo un credo inclemente que le había arrebatado todo, y le había enseñado a sonreír a la crueldad del destino.
Tiempo atrás fueron como hermanos, hasta que el infortunio se jactó con ambos... Juntos habían recorrido el mundo, deleitándose con la dulzura de los manjares de la tierra y el mar, desde sus joyas, hasta sus mujeres, pasando por el amor y la pérdida. Vieron la magnánima imagen de una tierra llena de privilegios y libertinaje. Disfrutaron de las diferentes culturas y se dejaron seducir por las sombras de una existencia llena de pillaje y botines de camino a una gloriosa muerte en el mar.
Sin embargo, tras la penuria, la gloria, el dolor y la satisfacción de ser pirata, la vida volvió a unirlos.
—¿Llego tarde? ¿Me he perdido algo?
James salió de sus pensamientos al escuchar la voz de Salvatore, el cocinero del Royal Rover. Su peculiar acento inglés denotaba su origen italiano. Era un experto en su campo, y con él a bordo, el buque estaba completo.
¿O no?
—Capitán, ¿vamos a la guerra y no nos lo ha dicho?
James giró sobre sus pies y vio el anciano rostro de Graham Campbell, el médico. Un hombre de avanzada edad, con aspecto aristocrático y mirada afable.
—Puede, y me alegra saber que usted estará aquí para ocuparse de las peores heridas.
Todos rieron al unísono y James le ayudó a subir.
—Caballeros, piratas; —prosiguió con pomposidad—. Bienvenidos a bordo del Dear Liberty. Disfruten del viaje...



Primera Edición: Mayo 2016
Título original: la rosa de los vientos
©A.V.Cardenet, 2014
ISBN: 978-84-9455800-0-9

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